Sección aportes originales

 

HUMANIDAD EN SITUACIÓN LÍMITE:

¿DESPERTAREMOS A NUESTRA EXISTENCIA RELACIONAL?

Gaspar Segafredo

Bs. As., Argentina




“La creatividad nace de la angustia, como el día nace de la noche oscura. Es en la crisis que nace la inventiva, los descubrimientos y las grandes estrategias.
Es en la crisis donde aflora lo mejor de cada uno”.

Albert Einstein.

 

Resumen

Se plantea el interrogante acerca de si la actual crisis global por la pandemia, que frenó el andamiaje de nuestra forma de vida individual y colectiva, puede representar una situación límite para la humanidad. El concepto de situación límite, acuñado por el filósofo y psiquiatra existencial Karl Jaspers, trae sufrimiento y conciencia de la propia mortalidad; también la oportunidad de replantear la propia relación con uno mismo, los otros y el mundo. Asomarse de forma concreta y simultánea a la posibilidad de enfermedad y muerte tanto individual como colectiva (la idea de extinción), podría echar luz sobre nuestra muchas veces ignorada existencia relacional. Las viejas estructuras socioeconómicas, políticas y culturales que han funcionado sobre la base de un paradigma individualista, objetivista y de escisión con el medio ambiente son actualmente insostenibles; esta crisis lo resalta. Despertar a nuestra existencia relacional convocaría al valor de crear nuevos modos de ser, donde individuo-comunidad-mundo reconocieran y accionasen su interdependencia de forma consciente y comprometida.

 

Palabras clave

Pandemia COVID-19, Situación límite, Crisis existencial, Existencia relacional, Psicología, Existencialismo, Globalización.

 

Abstratc

The current global crisis caused by the pandemic, which stopped the scaffolding of our individual and collective way of life, may represent a limit situation for humanity. The concept of limit situation, created by the existential philosopher and psychiatrist Karl Jaspers, contains harm and awareness of one's mortality, and also the opportunity to revise one's relationship with oneself, others and the world. Peering concretely and simultaneously at the possibility of illness and death, both individual and collective (the idea of ​​extinction), could shed light on our many times ignored relational existence. The old socio-economic, political and cultural structures that have functioned until today on the basis of an individualistic, objectivist and human-environment split paradigm are currently unsustainable; this crisis underlines it more than ever. Waking up to our relational existence would summon the courage to create new ways of being, where individual-community-world would recognize and act upon their aware and committed interdependence.

 

Keywords

COVID-19 pandemic, Limit situation, Existential crisis, Relational existence, Psychology, Existentialism, Globalization.

 

INTRODUCCIÓN

Hay una idea que está en el aire (paradójicamente, un aire menos contaminado, pero canal del virus); en los medios, en artículos académicos, en memes y videos virales, en diálogos cotidianos, a través del zoom o del barbijo. La pandemia y su cuarentena, que han puesto un freno a la estructura política, socioeconómica y cultural global tal como la conocíamos, y al trajín diario que sostuvo la frágil quimera de certidumbre de las últimas décadas, implica una crisis existencial para la humanidad de la que saldremos transformados. Para bien o para mal. El claroscuro que contiene toda crisis, de riesgo-oportunidad, emerge a través de vívidas imágenes que se difunden en redes sociales: al drama médico y económico de la pandemia, se superpone un claro respiro medioambiental; en algunos lugares la naturaleza revive, literalmente. Esto ocurre en un momento donde la supervivencia de la humanidad se vincula directamente con la de la Tierra. Incluso desde el paradigma cientificista (o al menos, una parte de la comunidad científica que lo representa), que comprueba empíricamente el calentamiento global y los efectos de la contaminación, producto de aquella maquinaria a la que la pandemia ha frenado de un plumazo.

Esta crisis de la humanidad podría analizarse específicamente desde el concepto de situación límite de Karl Jaspers (2012/1959): “Situaciones insuperables, inmutables (…) en las que se despierta a la existencia y hay un naufragio de la realidad inmediata“ (p. 357). La aplicación individual que planteó originalmente Jaspers se replicaría actualmente también a nivel colectivo. ¿Se podría decir que la persona, y la humanidad, literalmente inseparables, como en estructura fractal, estarían experimentando la conciencia de la propia mortalidad, y un despertar, más o menos forzado, a la propia situación existencial?

Desde el sentido común, pocos dudarían que la actual estructura política, económica y social mundial está en decadencia, y es francamente insostenible, e insustentable (Morin, 2010). La actual pandemia solamente lo resalta. Más allá de las distintas predicciones de pensadores contemporáneos sobre esta crisis, en sus vertientes optimistas de golpe fatal al capitalismo y surgimiento de una sociedad global cooperativa y solidaria (Zizek, 2020), o pesimistas como producto de un sistema deshumanizante que se profundizaría (Agamben, 2020), cabe hacer una pausa para reflexionar sobre el proceso antes que definir de antemano el resultado. En este sentido, posiblemente la perspectiva existencial tenga hoy un rol fundamental en la comprensión de lo que nos ocurre, particularmente en su integración de psicología y filosofía. Esta crisis, refleja como pocas, el fenomenológico continuum humano (y lo ilusorio de la separación) entre individuo, alteridad, sociedad, mundo; tanto en la clásica concepción filosófica que guía a la psicología existencial, de ser-en-el-mundo (Heidegger, 2018/1927), como en otras vinculadas; por ejemplo, la concepción neurofenomenológica de mente encarnada, donde conciencia subjetiva corporizada y mundo se co-construyen enacción y sin límites demarcados (Varela, 2011).

Tal como explica Martínez Robles (2012) y emerge con gran potencia en la pandemia, antecedida por recientes manifestaciones ambientales, debacles financieras y de representatividad política: vivimos una época de múltiples tensiones que van desde lo bélico y económica hasta lo médico y ecológico; y la vocación del enfoque existencial es precisamente iluminar la vivencia de las crisis. “Responde (…) tanto a crisis y dilemas que se presentan de forma particular como a aquellas que nos confrontan ontológicamente, es decir, de manera universal” (p. 24).

 

SITUACIÓN LÍMITE: Individuo-humanidad-mundo.

Hay varios artículos que ya mencionan a la pandemia y sus consecuencias como una situación límite (Méndez, 2020). ¿Pero qué significa esto en la vida de cada uno de nosotros, en la experiencia de la humanidad, y en nuestra relación con el mundo, con el otro y con la naturaleza? Son distintos planos intrínsecamente unidos, interconectados, anidados, que se co-construyen recíprocamente, como sostienen paradigmas fundamentales como el del pensamiento complejo (Morin, 1993), y, específicamente enfocados en la experiencia humana subjetiva, distintos filósofos de la existencia, fenomenólogos y psicólogos existenciales. El desarrollo existencial dialogal de Martin Buber (2013) lo elabora particularmente. A través de esa vinculación Yo-Tú, donde el encuentro real toca, conforma, dinamiza y trasciende a los dos seres, sean persona-persona, persona-caballo o persona-árbol. Asimismo, resulta esclarecedor aquello que sostiene Erich Fromm (2007) respecto a que toda persona contiene a la humanidad entera, como la parte de un holograma que guarda la información del todo: “Yo tengo dentro de mí toda la humanidad: se da la paradoja de que, no obstante, no haya dos individuos iguales, a la vez; todos compartimos la misma sustancia, la misma cualidad. No hay nada que se dé sólo en ese hombre. Todo se da también en mí. Yo soy criminal y yo soy santo. Yo soy niño y yo soy adulto. Yo soy el hombre que vivió hace cien mil años y yo soy el hombre que vivirá dentro de cien mil años, suponiendo que antes no aniquilemos la especie humana” (p. 102-103).

Podemos detenernos en el último fragmento de la cita de Fromm. En primer lugar nos recuerda que hace décadas varios pensadores advierten sobre este peligro; luego, lleva a interrogarnos acerca de qué significaría que la humanidad tomara conciencia de que peligra como especie. ¿Podría ocurrir a escala colectiva lo mismo que ocurre cuando una persona se encuentra (real o simbólicamente) frente a la propia mortalidad, y puede transformar la angustia en replanteo de la autenticidad de su existencia y de sus valores (Yalom, 2015)? Cabe regresar un momento al origen jaspersiano del asunto, con su foco en la vivencia individual.

Karl Jaspers explica que la situación límite abre un abismo existencial en la secuencia de situaciones ordinarias, donde la persona cae de su eje de continuidad, de su construcción de realidad, y esta se revela tal cual es: un armado con ilusiones de certeza y seguridad, que reniega de la finitud y la dinámica vital. Es una experiencia humana de vértigo ante la existencia desnuda, a partir de la disolución de la cotidianidad. Las situaciones límite significan enfrentar la muerte, la lucha, la culpa y la casualidad, como inevitables de la existencia humana. La vivencia de estas situaciones implica sufrimiento y conciencia de la propia finitud, y especialmente carencia de fundamento y de sostén de la experiencia y el pensamiento (Jaspers, 1950). De hecho, según Jaspers, la angustia psicopatológica de la neurosis y la psicosis implicaría el equivalente a la experimentación de una situación límite permanente. La neurosis sería “un fracaso ante las situaciones límite y, la meta de la terapia, la autotransformación del ser humano que a través de las situaciones límite llega a la comprensión de sí mismo” (Jaspers, 2012/1959, p. 358). Aquí surge el carácter paradójico de las situaciones límite, relacionado con el claroscuro trágico-potencial de la existencia humana, tan bien definido por el enunciado del maestro Kierkegaard (2007/1849): “El yo es una síntesis de lo infinito y lo finito”, donde se encuentran posibilidad y necesidad en el devenir concreto de uno mismo. Paradoja de nuestra subjetividad, traducida en su aplicación psicológica actual como límite-libertad o expansión-constricción del sí mismo (Schneider, 2015).

En este sentido, es ante el límite de su existencia que el ser humano es libre y responsable de realizarla en toda su potencialidad. “Aquello que el ser humano realmente es y aquello que puede devenir tiene su origen en la experiencia, en la aceptación y la superación de las situaciones límite” (Jaspers, 1950, p.353). Así es que en la situación límite de la muerte surge la vida auténtica, en el azar el sentido, en la lucha la serenidad y en la culpa la responsabilidad. Esto se vincula también con el principal aporte del reconocido psiquiatra vienés, Víctor Frankl (2013): la posibilidad de hallar sentido en las situaciones de sufrimiento inevitable, y de responder a la adversidad con una profundización de la autenticidad existencial. A mayor dificultad, mayor realización potencial contenida.

Por otra parte, en las situaciones límite se expresa la doble inclinación humana: el conocimiento y ejercicio de su responsabilidad creadora y de desarrollo, junto con la tendencia a la nada y a la seguridad de las estructuras previas (Jaspers, 1950). Nuevamente se hacen presente riesgo y oportunidad; riesgo de estancarse en algo que ya no resulta funcional a la persona, y a partir de allí la posible problemática vital hasta llegar a la psicopatología; por otra parte, potencialidad de autotransformación y desarrollo de la persona en su dinámico devenir. Jaspers explica que “las envolturas de las formas de vida” necesitan transformarse para que la subjetividad de la persona en su relación con el mundo pueda ir desplegándose, y que dicha transformación ocurre gracias a las situaciones límite, que ponen en jaque el constructo conocido para lanzarse a continuar la incierta creación de uno mismo. Esta comprensión del ser humano, incluye la antigua y siempre actual sentencia de Heráclito, del flujo inevitable de la existencia. En un plano menos profundo, también remite a la formulación piagetiana del desarrollo y madurez de la inteligencia y su capacidad de abstracción (Piaget, 2015/1969). Sin embargo, Jaspers habla de un desarrollo subjetivo que continúa durante toda la vida; que en la dimensión fisiológica y cognitiva podría vincularse también con la neuroplasticidad.

La fundamental situación límite de la muerte manifiesta un inevitable de todo lo existente: desde la microconstelación que es la persona hasta el conjunto de constelaciones que conforman la Vía Láctea, pasando por el planeta Tierra. Todo lo real es transitorio. En el nivel de la persona, podemos ejemplificar con la presencia de los seres queridos, un vínculo de pareja, una situación productiva laboral, entre otros, y, en primer y último lugar, la propia vida; todo nace y muere. Es una obviedad, muchas veces olvidada por el trajín cotidiano. Pero la crisis que trae la pandemia nos lo recuerda. Quizá pueda ser útil no pensar constantemente en la caducidad, evitar la angustia que implica, durante la diaria resolución de las situaciones ordinarias. Sin embargo, es muy peligroso vivir la vida como si no existiera final, porque se corre el riesgo de olvidar poner el foco en lo que más se valora. La situación límite de la muerte empuja a salir de esa construcción cotidiana a-mortal, y a comprender la vida en su paradoja. Yalom (2015) lo comprueba en su amplia experiencia clínica con pacientes oncológicos: “La confrontación con la propia muerte es una situación límite por excelencia y posee la capacidad de provocar un cambio radical en la manera de vivir de la persona en el mundo (...) Nos aleja de las preocupaciones triviales y comunica a la vida una profundidad, una agudeza y una perspectiva enteramente diferentes” (p. 195).

El proceso vital de una persona, encuentra en las situaciones límite puntos de inflexión esenciales para su dinámica, en el despliegue y la transformación de la subjetividad. Al mismo tiempo contienen sufrimiento y grandes riesgos. Son bifurcaciones en el camino, que pueden significar enriquecerse con el descubrimiento de nuevos mundos, pero también el riesgo de perderse en los bosques de la angustia, y caminar en círculos sin hallar la salida. En síntesis, la experiencia urgente de una situación límite implica la idea de la propia muerte, el colapso de esquemas fundamentales, replanteo de los propios valores y decisiones importantes.

 

PANDEMIA, EXISTENCIA RELACIONAL Y CREATIVIDAD

¿Esta comprensión de la existencia individual, puede llevarse a escala colectiva? Si volvemos a Fromm, cada persona contiene a la humanidad entera, en estructura fractal, por lo que no habría una existencia individual, sin su correlación colectiva. En su reconocida conferencia El existencialismo es un humanismo, Jean Paul Sartre lo deja claro en el compromiso del propio elegir(se): “Cuando decimos que el hombre es responsable de sí mismo, no queremos decir que el hombre es responsable de su estricta individualidad, sino que es responsable de todos los hombres” (p. 33). A su vez, Edgar Morin, en Tierra Patria, inscribe esta conciencia humanista en una conciencia planetaria: “La comunidad de destino de la humanidad, propia de la era planetaria, debe inscribirse en la comunidad del destino terrestre” (p.68). Sin embargo, a veces resulta difícil que lo dicho aflore a la conciencia. La envoltura cotidiana suele taparlo. Como también tapa el hecho de que no hay nada a priori, no hay existencias predeterminados, sino que somos personas y humanidad en devenir.

En una entrevista reciente prepandemia, Alfried Längle, uno de los exponentes actuales del análisis existencial, dijo que la honda crisis ambiental de los últimos años y el riesgo de extinción humano contenido, no podían interpretarse como una situación límite de la humanidad en sentido global. Su explicación fue que a pesar de que la crisis existía, esta era demasiado abstracta, que aún faltaba sentir la mortalidad en el cuerpo, volverla tangible (Segafredo, 2020). La pandemia trajo precisamente eso: la angustia de muerte en el cuerpo a escala individual, y la angustia de muerte cultural (como forma de vida) a escala colectiva. Hay incertidumbre respecto a la propia salud y la posibilidad de enfermar, conciencia de la propia mortalidad como individuos, pero también incertidumbre respecto a la continuidad de la forma de vida humana. También una conciencia forzada y asombrada de que la forma de existencia de esta humanidad, tal y como se desplegaba hasta el momento, no es eterna ni inexpugnable.

Cabe agregar que a la conciencia de la finitud, se suma la sorpresa por la llegada repentina y azarosa (más allá de las teorías conspirativas y de que realmente alguien hubiera participado activamente de la generación del virus y la pandemia), así como un paradigma de lucha casi bélico respecto al enfrentamiento del virus, y el despertar de preguntas acerca de nuestra culpabilidad respecto a la situación (por ejemplo, en relación a la mencionada problemática ambiental y las imágenes de su vitalidad ante nuestra ausencia). La actual situación límite contiene, por tanto, las diversas situaciones límite mencionadas por Jaspers; es así de gran profundidad crítica y existencial, tanto en su dimensión de peligro como en el de oportunidad.

Esto conlleva gran sufrimiento, que en muchos casos también se manifiesta explícitamente en enfermedad y muerte; en hambre, indigencia; en masivos padecimientos psicoemocionales de ansiedad, estrés y duelos complicados (Botella, 2020). Convoca a replantear el modo de ser-en-el-mundo, a escala persona y humanidad. Hace ya décadas que la humanidad está en crisis (simbólica y concretamente), pero nunca se ha vuelto tan real y corpórea a escala global; como evidencia manifiesta de la existencia relacional. Hasta ahora los desastres ambientales y sociales de nuestro insostenible sistema de producción, no han llegado ni puesto en riesgo al cuerpo de todos. Aunque ocurran catástrofes ambientales que recuerdan que la Tierra está en peligro, para la mayoría de la humanidad esas catástrofes ocurren en “lugares lejanos”. Aunque la indigencia afecte a enormes poblaciones, para quienes no padecemos hambre aquello sigue en “la lejanía”. De hecho, se refleja una negación de esta realidad y de las inevitables necesidades de transformación, en la amplia elección de gobernantes extremistas que han prometido regresar a viejos esquemas caducos. Algunos de esos gobernantes han sido los que peor han manejado la reciente crisis por la pandemia.

Sin embargo, lo que ocurre con la pandemia y la cuarentena es que gran parte de la humanidad ha vivido y está viviendo, sincrónicamente, la crisis y su drama. Ni la clase social ni el nivel del PBI nacional ni el lugar en la jerarquía geopolítica de la propia región eximen a nadie. Por una parte, el virus obligó al aislamiento, pero también reunió a la humanidad en esta experiencia compartida. Peligra la propia vida, y también la vida de la humanidad tal como la conocíamos. Del otro lado del encierro, la naturaleza tiene un respiro, que en cierta forma implica que nosotros tenemos un respiro de nosotros mismos. Así es que la falsa dicotomía y separación humano-naturaleza se resalta en esa contradicción. Así como lo hace también la falsa dicotomía yo y otro. No hablamos aquí de una indiferenciación, sino más bien de re-unión, de interdependencia y existencia inter-relacional: “la existencia comienza de una relación, y todo lo que somos emerge de redes inter-relacionales (…) Estamos en relación con el mundo físico y circundante; y en relación a otros que son, a la vez, semejantes y diferentes de nosotros” (Martínez Robles, 2012, p. 197). Ser-en-el-mundo, ser-con-otros, ser-en-relación. Somos en relación a nuestros antepasados y a aquellos que vendrán. Aquello que elijamos ser, devenir, el modo en que nos (re)creemos, la forma de vincularnos con el otro y el mundo, será una elección para todos los que son, para los que han sido y los que serán. Tomar conciencia y acción de esto, ya implicará una gran transformación. Según distintos pensadores, el abismo que enfrenta la humanidad, tiene que ver con la deshumanización y el desconocimiento en distintos niveles de esta existencia relacional (Morin, 2010). Aún hay un aferramiento a un caduco paradigma cartesiano e individualista moderno y a sus fragmentos que quedaron en ciertas formas posmodernas de hiperindividualismo (Lipovetsky, 2006).

El sufrimiento y la incertidumbre ante la pandemia son evidentes. En primer lugar, para los contagiados y sus familiares, para los países más golpeados; pero también para todos los socioeconómicamente afectados de acá en más; en algún sentido, más o menos directo, esto implicará a cada uno de nosotros. El riesgo reside en quedar atrapados en el miedo, a través de espasmos individualistas, balcanizantes y de nacionalismo al estilo sálvese quien pueda. A escala personal, un simple ejemplo podría ser el provisionamiento compulsivo de elementos de limpieza y alimentarios, que han dejado al resto sin. Que se replica, entre tantas otras cosas, a escala internacional en algunos casos con intentos similares respecto a medicamentos y vacunas. No obstante, como se viene diciendo desde principios de siglo en el ámbito de la política internacional: ante este mundo globalizado el nuevo realismo implica una mirada relacional cosmopolita (no para homogeneizar sino para reunir en la pluralidad), conciencia planetaria y cooperación en la resolución de problemas transnacionales; de lo contrario nadie se salvará (Beck, 2005; Morin, 2010). Hoy ya no hay forma de esconder que estamos inevitablemente en el mismo barco (Zizek, 2020). De aquí la oportunidad.

Esta situación límite, resalta tanto la crisis existencial que el ser humano como especie viene atravesando en las últimas décadas, como nuestra ineludible existencia relacional. Por lo que la oportunidad podría ser la de profundizar nuestra compasión y conexión; reconocer nuestra existencia relacional. Lo que le ocurre al otro ya no es más lejano. La humanidad compartida se hace presente y convoca a humanizar la vertiginosa realidad globalizada. El aislamiento al que estamos obligados hoy es un oxímoron. El sufrimiento que ocurre en otra casa, otra ciudad, en otro país o en otro continente nos afecta; guste o no, es también nuestro sufrimiento. Es un hecho. Estamos conectados en múltiples niveles, desde algo tan básico como el aire que compartimos y el medioambiente en cuyo encuentro surge nuestro ser.

A partir de este reconocimiento de nuestra existencia relacional, podremos aprovechar el campo de creación contenido en toda crisis (Fernández-Mouján, 1998). Para revisar y replantear la autenticidad de la vida que llevamos y de la humanidad que somos. Una autenticidad referida al momento presente que estamos viviendo, como persona, humanidad, mundo.

Fromm y May plantean, cada uno a su manera, conceptualizaciones muy interesantes de creatividad. May (1994) habla de la valentía de crear como un arrojo existencial hacia lo desconocido, en el descubrimiento de nuevas formas a través de las que una sociedad puede transformarse. Fromm (2007) plantea el vivir creativo como una forma de reconectar con el mundo y los otros, luego de conseguir la propia individuación y autonomía. Es un regreso consciente al vínculo (en principio siempre fue la relación, como dirían Buber o Bowlby, en distintos planos), pero desde una libertad responsable y con un aporte desde el particular modo de ser-en-el-mundo. Podría ser interesante pensar y accionar hoy una valentía de crear, para reconectar conscientemente con el otro y el mundo, desde la conciencia de sí. Tal vez llegó la hora de que esto ocurra en distintos planos del fractal persona-comunidad-humanidad-mundo.

En otros contextos podrán realizarse análisis acerca de cómo concretar en múltiples dimensiones el reconocimiento y fortalecimiento de nuestra existencia relacional: de qué manera fomentar la conciencia planetaria basada en el principio de “no sólo sino también” (Morin, 2010; Beck, 2005), democratizar políticamente la globalización de forma contextual, generar un sistema de producción y de vida sustentables, por ejemplo. Desde la psicología nos cabe participar del debate, y asumir el compromiso social inherente, al que convocaba Rollo May desde los años 60’, frente a las raíces de las problemáticas actuales. Sus palabras son poderosamente contemporáneas, han sido escritas con la conciencia de aquella relación que hoy tienen con nosotros, con la vida particular de cada uno y la propia participación de la humanidad y del planeta como un todo (hecho de partes que son, al mismo tiempo, totalidades):


“¿Al sentir cómo nuestros fundamentos se sacuden, nos retiraremos con ansiedad y pánico? Asustados por la pérdida de nuestros amarres familiares, ¿nos paralizaremos y cubriremos nuestra inacción con apatía? (…) ¿O tomaremos el coraje necesario para preservar nuestra sensibilidad, conciencia y responsabilidad frente al cambio radical? (…) Estamos llamados a hacer algo nuevo, a confrontar una tierra de nadie, a ingresar en una selva donde no hay caminos conocidos y desde la cual nadie ha regresado para poder guiarnos” (May, 1994, p. 12).

 

El viaje recién comienza.

 

Referencias Bibliográficas

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Curriculum

Psicólogo (UB), periodista y magíster en Relaciones Internacionales (unibo). Posgrado en Logoterapia y Análisis Existencial (UCA), formación en mindfulness (INECO). Asistente Comunitario en Salud Mental en el equipo infantojuvenil del Centro de Atención Primaria de la Salud La Ribera (San Isidro). Docente universitario.

 

Correo de Contacto:

gasparsegafredo@gmail.com

 

Fecha de entrega: 6/07/2020

Fecha de aprobación: 30/07/2020


 

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