Revista
Latinoamericana de Psicoterapia Existencial. UN ENFOQUE COMPRENSIVO DEL
SER. Año 16 - Nº 32 –
Abril 2026
Sección Ensayos y Revisión
Comprensión del duelo: Una mirada fenomenológica
existencial
Understanding grief: An existential phenomenological perspective
Ricardo
Gonzalez Ternera
Ana
María Díaz González
Barranquilla, Colombia
Universidad del Norte
Resumen
Este artículo muestra cómo la investigación
fenomenológica puede mejorar nuestra comprensión de la experiencia del duelo.
El enfoque sigue los temas del trabajo de Irvin Yalom,
Medard Boss y Rollo May, para desarrollar un relato que enfatice en las formas
de defendernos y transitar la consciencia de muerte. Asimismo, explora el
concepto de relacionalidad propuesto por Spinelli, Van Deurzen, Mélich y Butler como elemento inherente a la existencia, y
la manera en que ésta permea la experiencia del duelo.
La reflexión realizada contempla que el duelo
es una experiencia inmiscuida en la cotidianidad que convoca a la pérdida de
sentido, y al mismo tiempo, remite a la persona ante la necesidad de crear
sentido(s) y nuevas maneras de relación para la recuperación de la
familiaridad, y la resignificación de la relación con
su(s) mundo(s).
Palabras clave
Ansiedad, muerte, duelo, fenomenología,
existencial.
Abstract
This article demonstrates how phenomenological
research can enhance our understanding of the experience of grief. The approach
follows the themes of the work of Irvin Yalom, Medard Boss, and Rollo May, developing an account that
emphasizes the ways we defend ourselves and navigate the awareness of death. It
also explores the concept of relationality proposed by Spinelli, Van Deurzen, Mélich, and Butler as an
inherent element of existence, and the way it permeates the experience of
grief.
The reflection considers grief as an
experience intertwined with everyday life, one that summons the loss of meaning
while simultaneously confronting the individual with the need to create
meaning(s) and new ways of relating, facilitating the recovery of familiarity
and the re-signification of their relationship with their world(s).
Keywords
Anxiety, death, grief, phenomenology,
existential.
Ansiedad ante la muerte
La experiencia de muerte ha sido ampliamente
estudiada por psicólogos existenciales, y aunque existen diferencias en sus
posturas, es posible encontrar puntos comunes. Uno de ellos es que la
experiencia de muerte corresponde a un motivo de ansiedad, y la forma en cómo
nos defendemos de ella va a repercutir en nuestra percepción de la vida y la
manera de experimentarla (Boss, 1979; De Castro,
2013; Keen, 1970; Yalom,
1984).
Esto último es central para ubicar la
experiencia de muerte inmiscuida dentro de la vida y no como antagonista de
ella. Lo anterior se puede contrastar con lo propuesto por Todd
May (2014) para quien la finitud es una experiencia a
la cual todos estamos destinados. Si bien esta posición tiene sentido en cuanto
a la inevitabilidad y universalidad de la muerte, su discurso únicamente
discurre en lo biológico centrando la atención en que ésta: 1. Es el final de
nuestra experiencia. 2. No es una fase o etapa en nuestra vida, sino la
detención de nuestra existencia. 3.La muerte es inevitable.
En este sentido, ubicar la muerte únicamente
como el corte o final de nuestra vida conlleva a desconocer la fuerza que su
experiencia trae a la vida. Llevar una vida en la que la muerte solo es una
preocupación que aparece con el avance de las etapas de desarrollo,
enfermedades consideradas graves o accidentes, sin duda sería un actuar a
espaldas de ser conscientes de la fragilidad humana. Heidegger (1962),
Merleau-Ponty (1993), Snveaus (2011), describen lo
anterior entendiendo que, para defendernos de la ansiedad ante la muerte, las
personas buscamos dar por sentado o generalizar nuestra experiencia con el fin
de percibir familiaridad y predictibilidad mientras nos desenvolvemos.
Entonces, en la medida en que exista esta habitualidad al mundo, podemos
desenvolvernos en él sin cuestionarnos la forma de éste, y, en consecuencia,
desarrollar nuestras posibilidades conectándolas con ese proyecto vital con el
que menos identificamos (Jaspers, 1958; Ratcliffe,
2009).
El problema radica en que la habitualidad no
perdura, pues el ser humano está a merced del azar que rodea su vida y la
incertidumbre de las consecuencias de sus decisiones (Jaspers, 1958; May, 1988). Por ello, siempre y en todo momento existe la
posibilidad de que una experiencia irrumpa y la coherencia que ha sido
construida alrededor del mundo se pierda, lo cual podría ser enmarcado como una
experiencia de muerte.
Para Signorelli y Guberman (2023), esa posibilidad no es un mero accidente:
reconoce que “el ser humano no está realmente vivo hasta que se haya enfrentado
a la realidad inexorable de la muerte y de su propio fin” — vivir
auténticamente implica asumir nuestra finitud, dejar de lado la ilusión de
inmortalidad cotidiana y despertar del sueño de la repetición adormecida de la
vida. En ese despertar, la muerte deja de ser algo lejano o simbólico, para
convertirse en la verdad que define nuestra condición de existencia. (Signorelli & Guberman, 2023)
De acuerdo con lo anterior, en esta
transición de habitualidad–desasosiego–habitualidad, es posible tomar
conciencia de nuestra finitud y relacionarnos de modo consciente con la muerte.
Entonces, la irrupción de la ansiedad no aparece como un síntoma patológico a
evitar, sino como una señal existencial: nos indica que nuestra disposición
hacia el mundo ya no puede ser indiferente, que nuestras elecciones, decisiones
y compromisos deben cobrar un sentido verdadero. En la perspectiva existencial
que Signorelli y Guberman
(2023) comparten —y que tú ya has integrado al discurso— la conciencia de la
muerte no paraliza necesariamente, sino que puede movilizar hacia una vida
auténtica, más plena, más consciente de su profundidad.
Por eso tiene sentido, como sugiere Irvin Yalom, que “si bien la muerte nos destruye, la idea de ésta
nos salva”. Para Signorelli y Guberman
(2023), salvarnos de la muerte no busca burlar la mortalidad con ilusiones; más
bien, significa asumir la finitud, enfrentarnos a ella sin refugios ilusorios,
permitiendo así que nuestra existencia adquiera un sentido verdadero, que
nuestra vida —aun breve— sea vivida con plena conciencia y responsabilidad ante
el mundo y ante nosotros mismos (Signorelli & Guberman, 2023).
De esta manera, son las situaciones de
pérdida que experimentamos en nuestra vida y la ansiedad frente a la muerte las
que nos pueden permitir tomar consciencia de nuestras muertes y asumir una
posición frente a ella (Connelly, 2003), sea para
defendernos neuróticamente utilizando mecanismos defensivos, o para defendernos
desde otros mecanismos como la aceptación, cuidado y compromiso ante la vida.
Lo anterior no constituye “mejores” o “peores” maneras de hacerle frente a la
muerte, sino narra más bien algunas posibilidades de transitarla.
Dicho esto, es válido plantear que la muerte
se inmiscuye en la existencia a través de las pérdidas que experimentamos. Por
supuesto, el valor implicado en aquello que perdemos mediará la intensidad con
que vivamos la experiencia. La intensidad con que se experimente esta pérdida
tendrá una relación con el significado que le estamos dando a eso que ha sido
destruido y el lugar que ocupa dicho valor en nuestra identidad (Scott y Weems, 2013).
La experiencia de pérdida que logra con su
intensidad irrumpir en la cotidianidad y fragmentar el sentido que hasta ese
momento daba coherencia a la vida, le llamamos duelo (Davis, et al., 2017).
Entonces, se entiende que el duelo es un proceso de transición durante el cual
ocurre la reconstrucción de la identidad. En el tránsito de esta reconstrucción
se toma contacto con la muerte por ser una experiencia que expone a través del
sufrimiento la fragilidad, vulnerabilidad y finitud. La propuesta de este
trabajo es integrar los aportes acerca de la muerte de Yalom,
May y Boss, para ofrecer
una comprensión del duelo y su tránsito. Adicionalmente, estos aportes se
enriquecen con las perspectivas de relacionalidad
propuestas por Spinelli, Van Deurzen,
y autores/as como Joan Carles Mélich y Judith Butler.
Irvin Yalom
En psicoterapia existencial (1984) Yalom plantea que la muerte es uno de los supuestos
existenciales que rodean la existencia del hombre. Esto quiere decir que toda
situación en donde el hombre se desenvuelve, si se sigue un estudio profundo de
ésta, podría llevar a la consciencia de finitud.
La muerte es una experiencia que se mantiene
presente en el tránsito de nuestra vida. Por supuesto, implica un esfuerzo
personal para lograr que la inquietud por nuestra mortalidad pase
desapercibida. Este esfuerzo deriva en mantenernos alejados o protegidos de
situaciones que puedan movilizar nuestra ansiedad ante la muerte. Tales
esfuerzos se conocen como mecanismos de defensa, que si bien no erradican esta ansiedad,estructuran su
cotidianidad logrando obviar o paliar el malestar (Yalom,
2008).
Las defensas que plantea Yalom
son: 1. La búsqueda de un salvador y 2. El sentirnos especiales. La primera
alude a la percepción de que una persona, institución o ser superior, va a
interceder ante la persona y lo va a librar de tener que tomar una posición
psicológica frente a la situación. Esta defensa puede buscar fusionarse con una
figura externa para librarse del compromiso de sí. En la relación
médico-paciente se observa la aplicación de esta defensa. Cuando las personas
son diagnosticadas con algún tipo de cáncer, pueden renunciar a hacerse cargo
de sí evitando conocer sus derechos y participar en las decisiones de su
tratamiento, por ende, las expectativas, anhelos y fantasías de recuperación
son puestas en el médico tratante quien pasa a ser la
persona que sabe y puede erradicar su mal. De forma contraria, la segunda defensa
que se caracteriza por sentirnos especiales deriva de la percepción y
convicción de que se es distinto a los demás, y en consecuencia, las amenazas
son temas externos asociados con los otros. En esta defensa es posible que la
seguridad y sensación de protección se establezca mediante el hacer, la
productividad, o conductas temerarias. El hacer remite a una continua
planeación de la vida llevando a vivir en función del futuro y paradójicamente
lejos del presente; la realización de conductas temerarias corrobora la sensación
de que se es intocable, aumentando la seguridad personal ante la muerte.
En la propuesta de Yalom
se puede observar que le llama defensas y no estrategias de afrontamiento para
referirse a la condición de indefensión de la persona ante los supuestos
existenciales. Indistintamente de los esfuerzos que se realicen, la persona no
puede escapar de su condición existencial, por ello, hablar de afrontar la
muerte sería erróneo debido a que se entendería como una experiencia a superar
o trascender. La muerte es una experiencia inmiscuida en la cotidianidad, la
muerte es todo y es nada (Yalom, 2008).
Por ende, defendernos de ella sin tener que
evitar la angustia que nos genera ser conscientes de nuestra muerte, deriva en
integrar esta angustia en el hacer cotidiano. A esto Yalom
le llama estar conectados y comprometidos con el momento presente. Yalom es enfático en comprender que la conexión con el presente
implica atender aquellas posibilidades que puedo realizar, reconocer de qué
forma me identifico con ellas, captar si estoy dispuesto a lidiar con las consecuencias
que su actuar involucran, y aceptar aquello en lo que no puedo interceder en mi
situación. Estas condiciones representan la columna vertebral de la propuesta
de Yalom para vivir desde y frente a la experiencia
de finitud.
Rollo May
Según May (1988),
la muerte es inexorable para el hombre, una condición que moldea la existencia
de la persona. Por eso May relaciona la experiencia
de muerte con lo que él llama destino, para referirse que la mortalidad hace
parte de aquello que nos viene dado y ante el cual tenemos que elegir.
En el ejercicio de la libertad, como un
“hacerse cargo de sí”, es donde May plantea el cómo
vivir frente al hecho de que tendré que morir. En este punto insta a integrar
vida-muerte en la elección, con el fin de aclarar que sólo podremos responder a
la vida creativamente si tenemos el coraje de asumir y relacionarnos
honestamente con nuestras limitantes.
Entonces, integrar la muerte en la
cotidianidad es acoger la vulnerabilidad y hacerla parte de mis posibilidades.
Dentro de la elección no reniego o bloqueo opciones que puedan ser asociadas
con la destrucción o amenaza, por el contrario, las observo y me permito
comprender mi incapacidad para cambiarlas. En este orden de ideas, el reconocer
cuán impotentes estamos frente a nuestro destino es aceptar que no podemos huir
de él, y mediante la elección reposamos la esperanza de hacer algo dentro de
las posibilidades que tenemos.
De acuerdo con este autor, se identifican
defensas que la persona puede emplear para renegar contra la experiencia de
muerte. En la pretensión de querer ser amo de su destino, sin tener que
comprometerse con él, la persona puede intentar obtener seguridades inmediatas
que le brinden la sensación de que él/ella y sus proyectos están blindados en
contra de la incertidumbre. Por otro lado, la brujería y adivinación son
acciones en las cuales las personas se pueden apoyar para tratar de conocer su
destino, en donde paradójicamente, terminan entregando la libertad al futuro
prometido.
Medard Boss
Para Boss (1979)
existen dos vías a través de las cuales las personas pueden tomar contacto con
su mortalidad. La primera es en las pérdidas y la segunda ante las limitantes
que rodean nuestra vida.
Si el ser humano es en relación, todo aquello
con lo que se relaciona va a estar ligado al desarrollo de sus proyectos e
identidad. Cuando fallece una persona, sufrimos una ruptura, o la debacle de
una meta, nuestros proyectos se ven afectados. Es decir, el sentido de nuestros
proyectos puede perderse por la relación establecida con el valor destruido.
Así, por ejemplo, el graduarse del pregrado cobraba un valor especial por la
dedicatoria al padre. Cuando el padre fallece se experimenta que graduarse
carece de sentido.
Por eso, ante la pérdida de una relación
ocurre una paradoja: la persona intenta mantener su mundo tal y como lo conocía
– antes de la pérdida- para continuar experimentando la relación, y esta forma
de perpetuar la relación lo va a confrontar con la sensación de ausencia.
En la afirmación de sus proyectos la persona
toma consciencia de los límites de la vida. Se da cuenta de que, sin importar los
esfuerzos, dedicación y disciplina, los resultados están sujetos a factores que
no puede controlar.
La relacionalidad
inherente a la vida y las pérdidas
Ser en el mundo, es ser y estar en relación.
En este orden de ideas, no llegamos a un mundo vacío, sino interpretado, lleno
de sentidos y significados co-construidos (Mélich, 2014), lo que nos sitúa en una condición de interrelacionalidad. Bajo este concepto, no existe entonces
el ser “individual”, “aislado” o completamente “autosuficiente”, pues aquello
que hemos sido, somos, y seremos, corresponde a las relaciones que vivenciamos,
bien sea con otros seres, objetos, espacios, entre otros (Van deurzen & Arnold, 2018; Spinelli, 2014). Lo
anterior ha tomado distintos nombres como “Mit-sein”
que significa “ser-con” (Heidegger en Van Deurzen
& Arnold, 2018 p. 19) o “Ubuntu”, palabra con
distintas formas de interpretación. Por ejemplo, según la noción sudafricana,
nuestra experiencia de humanidad nace en la medida en que dejamos de vernos
como individuos separados o aislados (Spinelli,
2014). En este sentido, humanidad es aquello que comprende las relaciones
humanas, y es cuando somos con la “otredad”, co-creándonos
constantemente. Al respecto, Eze (2010 en Spinelli, 2014 p. 21), plasma “Somos porque tú eres, y en
la medida en que tú eres, definitivamente yo soy”. Lo anterior supone además
una constitución dinámica del “yo”, teniendo en cuenta que no existen
relaciones estáticas, sino que éstas van cambiando, dada nuestra condición de
vulnerabilidad, finitud e incertidumbre mencionadas en apartados anteriores.
Cuando el cambio que surge está asociado a la
pérdida y el duelo, hablamos entonces de un cambio en nuestra identidad y en
nuestras maneras de relacionarnos con el mundo. En este proceso de búsqueda de familiaridad,
la frustración y el dolor surgen asociados a la imposibilidad de regresar a la
relación estrictamente tal cual era. Al respecto, hablamos de una pérdida de
las formas del “yo”, y una pérdida de presentes y futuros posibles a partir de
lo que esa relación prometía. Esto se evidencia en la reflexión propuesta por
Judith Butler (2004), quien hace referencia a la pérdida del otro como la
consecuente pérdida del “yo”, dando relevancia a la pregunta ¿Quién soy yo sin
ti?
Esta pregunta resuena profundamente con la comprensión
existencial del duelo que proponen Signorelli y Guberman (2023), para quien la pérdida no solo desarticula
un vínculo, sino que expone la vulnerabilidad constitutiva del ser humano. En
sus reflexiones, Signorelli y Guberman
(2023) afirman que el duelo inaugura “una experiencia límite en la que la
identidad queda suspendida”, pues la muerte del otro revela el modo en que
nuestra propia existencia estaba sostenida en ese lazo (Signorelli
& Guberman, 2023). En ese sentido, el duelo no
solo interrumpe la continuidad del mundo cotidiano, sino que obliga al doliente
a reconfigurar su manera de ser-en-el-mundo.
Además, Signorelli
Y Guberman (2023) subrayan que la pérdida confronta
al ser humano con su finitud, al recordarle que “no somos autónomos ni
autosuficientes, sino seres radicalmente expuestos a los otros” (Signorelli & Guberman, 2023).
La desaparición de quien sostenía parte de nuestra identidad deja al descubierto
aquello que se mantenía implícito en la relación: que nuestro yo está siempre
en co-constitución con otros, y que su ausencia abre
un vacío no solo afectivo, sino ontológico.
Por ello, la pregunta de Butler no es solo
emocional, sino profundamente existencial: ¿quién soy yo sin ti si mi ser
estaba entramado con tu existencia? Desde la mirada de Signorelli
y Guberman (2023), este desgarro revela un aspecto
esencial del duelo: la tarea no es “volver a ser el mismo”, sino abrirse a la
posibilidad de reconstruir un modo de existir que reconozca la pérdida como
parte de la propia historia y no como algo que deba ser negado o superado
rápidamente. De este modo, el duelo se convierte en un proceso de
reconfiguración del yo que, aunque doloroso, posibilita una forma distinta de
habitar el mundo.
De igual manera, se evidencia en el planteamiento
de Mélich (2015, p.83-84)
La
añoranza tiene que ver con la ignorancia, con el no saber: No sé dónde estás,
no sé nada de tí…pero es una ignorancia que sospecha
que hay algo más terrible todavía: por desgracia sé algo cierto…sé que nunca
sabré más nada de tí, que nunca más volverás, que
nunca más llenarás este vacío…sé que volverá a renacer la primavera, pero tú ya
no estarás, y estaré solo contemplando este mundo, que ya no me parecerá dulce
en ese momento, sino absurdo y terrible…Por eso sé que te quería…porque añoro y
desearía que volvieras…
Lo anterior expone la imposibilidad del
regreso, sin embargo, nos arroja a preguntas en torno a nuevas posibilidades de
relacionarnos con lo perdido, en donde a pesar de la ausencia, la relación
puede continuar siendo a partir de otras formas. Para esto, resulta clave
recordar la imposibilidad de deshacer aquello que ya ha sido, o de deshacer la
relación que se construyó, por lo que esta relación siempre seguirá existiendo
en la medida en que la narremos, la recordemos, y la sintamos. En resumen,
dicha relación seguirá existiendo en la medida en que nosotros/as sigamos existiendo.
En resonancia, surge como esperanza una dialéctica del tiempo que nos permite
conectar el pasado con el presente y el futuro (Van Deurzen
& Arnold, 2018), dando dinamismo a esta relación,
lo cual corresponde a una de las tantas formas de transitar el duelo.
La relacionalidad inherente a la vida y las pérdidas
Ser en el
mundo, es ser y estar en relación. En este orden de ideas, no llegamos a un
mundo vacío, sino interpretado, lleno de sentidos y significados co-construidos (Mélich, 2014), lo
que nos sitúa en una condición de interrelacionalidad.
Bajo este concepto, no existe entonces el ser “individual”, “aislado” o completamente
“autosuficiente”, pues aquello que hemos sido, somos, y seremos, corresponde a
las relaciones que vivenciamos, bien sea con otros seres, objetos, espacios,
entre otros (Van deurzen & Arnold,
2018; Spinelli, 2014). Lo anterior ha tomado distintos nombres como
“Mit-sein” que significa “ser-con” (Heidegger en Van Deurzen & Arnold, 2018 p.) o
“Ubuntu”, palabra con distintas formas de interpretación. Por ejemplo, según la
noción sudafricana, nuestra experiencia de humanidad nace en la medida en que
dejamos de vernos como individuos separados o aislados (Spinelli,
2014). En este sentido, humanidad es aquello que comprende las relaciones
humanas, y es cuando somos con la “otredad”, co-creándonos
constantemente. Al respecto, Eze (2010 en Spinelli, 2014 p. 21), plasma “Somos porque tú eres, y en
la medida en que tú eres, definitivamente yo soy”. Lo anterior supone además
una constitución dinámica del “yo”, teniendo en cuenta que no existen
relaciones estáticas, sino que éstas van cambiando, dada nuestra condición de
vulnerabilidad, finitud e incertidumbre mencionadas en apartados anteriores.
Cuando el
cambio que surge está asociado a la pérdida y el duelo, hablamos entonces de un
cambio en nuestra identidad y nuestras maneras de relacionarnos con el mundo.
En este proceso de búsqueda de familiaridad, la frustración y el dolor surgen
asociados a la imposibilidad de regresar a la relación estrictamente tal cual
era. Al respecto, hablamos de una pérdida de las formas del “yo”, y una pérdida
de presentes y futuros posibles a partir de lo que esa relación prometía. Esto
se evidencia en la reflexión propuesta por Judith Butler (2004), quien hace
referencia a la pérdida del otro como la consecuente pérdida del “yo”, dando
relevancia a la pregunta ¿Quién soy yo
sin tí?
De igual
manera, se evidencia en el planteamiento de Mélich
(2022)
La añoranza tiene que ver con la ignorancia, con
el no saber: No sé dónde estás, no sé nada de tí…pero
es una ignorancia que sospecha que hay algo más terrible todavía: por desgracia
sé algo cierto…sé que nunca sabré más nada de tí, que
nunca más volverás, que nunca más llenarás este vacío…sé que volverá a renacer
la primavera, pero tú ya no estarás, y estaré solo contemplando este mundo, que
ya no me parecerá dulce en ese momento, sino absurdo y terrible…Por eso sé que
te quería…porque añoro y desearía que volvieras… (Mélich,
2015).
Lo anterior
expone la imposibilidad del regreso, sin embargo, nos arroja a preguntas en
torno a nuevas posibilidades de relacionarnos con lo perdido, en donde a pesar
de la ausencia, la relación puede continuar siendo a partir de otras formas.
Para esto, resulta clave recordar la imposibilidad de deshacer aquello que ya
ha sido, o de deshacer la relación que se construyó, por lo que esta relación
siempre seguirá existiendo en la medida en que la narremos, la recordemos, y la
sintamos. En resumen, dicha relación seguirá existiendo en la medida en que
nosotros/as sigamos existiendo. En resonancia, surge como esperanza una
dialéctica del tiempo que nos permite conectar el pasado con el presente y el
futuro (Van Deurzen & Arnold,
2018), dando dinamismo a esta relación, lo cual corresponde a una de las tantas
formas de transitar el duelo.
Hacia una propuesta
integradora del duelo
El duelo es una experiencia potencialmente
presente ante toda pérdida. Su aparición es la consecuencia de una pérdida de
sentido en el mundo personal. Dicho esto, el tránsito del duelo es un llamado a
crear y construir sentido alrededor de una experiencia que pasó de ser habitual
a ser desconocida.
Esta pérdida de familiaridad convoca a
sensaciones de desasosiego, tristeza, desesperanza, vacío, culpa, a causa de
haber perdido el lugar y la relación dentro del mundo. En este sentido, la
pérdida que genera el duelo está ligada a proyectos que representan la identidad
personal.
Para continuar relacionándose con lo perdido,
la persona puede insistir en preservar el mundo como lo conocía inmiscuyéndose
en la cotidianidad; no obstante, la sensación de ausencia y sus síntomas -
llanto, desgano, desmotivación- condicionan el presente que se esfuerza por
desconocer.
El sufrimiento en el duelo no es una
experiencia que deba superarse o evitarse, por el contrario, implica desde
nuestro rol como terapeutas, acompañar y validar la vivencia, pues es desde el
sufrimiento que se construirán las bases para relacionarse de forma distinta
con aquello que se perdió. En este sentido, la persona aprende a vivir con la
sensación de ausencia, no a superarla.
Por ello, lo que ha sido presente para el ser
humano no pasa a ser una experiencia terminada o pérdida. Toda relación
vivenciada es potencialmente una posibilidad presente por desarrollar. De
alguna manera, la persona continúa relacionándose con lo que perdió, ahora
desde una posición que brinda otras posibilidades a futuro.
La transición en el duelo convoca a aceptar
las condiciones de la situación, pasando de un renegar ante por qué a aceptar
el cómo pasó, resaltando de nuevo que esta aceptación no corresponde a
“superación”. Este proceso requiere coraje para aceptar e integrar que se es
impotente frente a la vida y que esta puede considerarse injusta.
Como conclusión, en la experiencia de duelo,
la pérdida no alude a la inexistencia fáctica de aquello que se ha perdido, aun
con el dolor que supone su ausencia. Aquí, la fenomenología permite comprender
los cambios en el estar-en-el-mundo sin aquello perdido; es decir, amplía la
perspectiva sobre un modo relacional de cohabitar el mundo que afectaba
profundamente el modo de percibir, actuar y proyectarse. En esta línea, Signorelli y Guberman sostienen
que el duelo inaugura “una modalidad distinta de estar-en-el-mundo, marcada por
la irrupción de un vacío que exige ser habitado” y que transforma
inevitablemente las coordenadas de sentido con las que la persona se relacionaba
con su mundo cotidiano (Signorelli & Guberman, 2023).
Asimismo, la fenomenología puede enriquecer
la comprensión del tránsito del duelo dando cabida al diálogo entre los
tiempos, las identidades y las posibilidades de relación del ser. Para Signorelli y Guberman, este
tránsito no consiste en “cerrar” la pérdida, sino en permitir que el pasado y
el presente entren en conversación para que la identidad pueda reconfigurarse
sin negar la huella del vínculo perdido. El duelo implica entonces una
reorganización existencial donde la persona se abre a la posibilidad de
integrar la ausencia en su historia vital, reconociendo que “la vida continúa,
pero ya no es la misma” (Signorelli & Guberman, 2023). Desde esta perspectiva, la fenomenología
—y especialmente la lectura existencial propuesta por Signorelli
y Guberman (2023)— ofrece un
marco para comprender que el duelo no es solo un proceso emocional, sino una
transformación profunda del ser, de su mundo y de su modo de habitarlo.
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Curriculum
Ricardo Gonzalez
Ternera
Estudiante de doctorado en Psicología
Universidad de Buenos Aires.
Magister en psicología clínica, Universidad del Norte. Docente del programa de
psicología Universidad del Norte. Barranquilla-Colombia.
Correo
de contacto:
Ana María Díaz González
Psicoterapeuta.
Especialista en estudios interdisciplinarios en duelo. Magister en
Musicoterapia. Diplomado en Tanatología Existencial.
Correo
de contacto:
Fecha de
entrega: 23/09/2025
Fecha de
aceptación: 3/12/2025
Enlaces de Referencia
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